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Chinchero, pueblo inca

Chinchero, pueblo inca

Chinchero es un pequeño pueblo a 30 km de Cusco en dirección al Valle Sagrado. Conserva vestigios importantes de su pasado inca, y tiene un mini museo arqueológico con piezas interesantes, pero lo mejor de mi visita es que me coincidió con una asamblea de gente, unas 200 pax, que en la plaza principal, organizaban el reparto de puestos para el mercado.

Hicieron la asamblea medio en quechua medio en castellano, y entre ellos se llamaban compañeros, todo bastante cordial pero defendiendo sus derechos.

Está a casi 4,000 msnm y la gente habita las construcciones incaicas casi intactas, el clima es duro por la altitud, y por estar en una planicie alto-andina.

Su ubicación es estratégica por estar en el cruce de tres caminos que conectan Cusco, Yucay y Pumamarca.

Qué tendrá Chinchero que me ha gustado tanto

Qué tendrá Chinchero que me ha gustado tanto. Está altísimo, más que Cuzco, a 3800 metros, en una pradera sobre el Valle Sagrado. Allí aparece tendido, tranquilo, piedras sobre piedras incas, girando alrededor de su plaza de pasto y de su maravillosa iglesia colonial. ¿Por qué Chinchero me ha emocionado así? Será la hora de la tarde, el color del cielo. O tal vez sus mujeres, sus incomparables tejidos, sus vestimentas coloridas, su hablar cansino, su mami, mamacita, señorita, cómpreme algo…

Querría llevarme todos los ponchos, aguayos y mantas a mi casa, pasar la mano por todos ellos, acaparar su textura, su vejez, su arte, su color. Sin embargo está escrito que me enamore de uno, de un aguayo increíble de fondo violeta que cuelga solitario de una pared terrosa. Lo miro y pienso es mío, lo quiero para mi casa, pregunto cuánto cuesta. Susana lo ha hecho, me dice mami, un mes me ha llevado tejerlo. Le creo. No me alcanza el dinero, Susana. Se lo llevo a Cuzco, me dice. No, contesto, prometo que voy a volver. ¿Volverá a Chinchero, María?, me pregunta Susana, incrédula. Sí, Susana, volveré y te lo compraré.

A la semana, en bus desde Cuzco, fui en busca de mi aguayo violeta. En el lugar no estaba Susana, pero ni bien la nombré, el hombre que me atendía me preguntó si yo era María. Me pidió que esperase, salió corriendo, y en seguida, roja por la carrera, apareció Susana. La cara se le desfiguraba por la sorpresa.

-Señorita María, señorita María, ha venido…

-Te dije Susana que iba a volver…

Pagué los 120 soles sin regatear. Feliz, abrazada a mi manta, bajé por la cuesta hasta la carretera. El bus de vuelta a Cuzco tardó como 2 horas en pasar…

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